EN EL PERÍODO comprendido entre las dos campañas balleneras, Greenpeace abrazó otra causa: la caza de cachorros de foca groenlandesa en Terranova. Todos los años mueren cientos de miles de focas, sobre todo a manos de cazadores profesionales de Noruega y Canadá. Los cazadores caen sobre los cachorros en febrero y marzo, cuando sólo tienen unas semanas de edad, los golpean con un palo en la cabeza y les arrancan la piel inmediatamente.
A mediados de la década de 1270.al Intensa caza había reducido la mitad la población de focas. Los pueblos nativos y los primeros colonizadores de aquellas tierras cazaban focas adultas para aprovechar la carne, la piel y el aceite, pero los cazadores profesionales, que actuaban desde hacía muchos años sin cuotas. sólo querían las pieles para hacer abrigos, guantes, complementos forrados de piel, botas de esquí y otros artículos «de lujo»
La opinión pública ya había reparado en las carnicerías de focas años atrás, irónicamente gracias a una película de promoción turística de Quebec; los espectadores de Canadá y EE.UU. contemplaron conmocionados una secuencia, ideada por reflejar la vieja
lucha entre el hombre y la naturaleza, que recogía la muerte a palos de focas recién nacidas.
Entre aquellos espectadores estaban Walrus Oakenbough y Paul Watson, que habían hablado de la caza de focas a bordo del Phyllis Cormack durante el viaje de San Francisco a Vancouver en la fase final de la expedición contra los balleneros de 1975. Su idea era
viajar a Terranova y tratar de detener la masacre rociando a las focas con un tinte verde inocuo, para que las pieles perdieran todo valor a ojos de los cazadores.
El 2 de marzo de 1976 partió de Vancouver la primera expedición de Greenpeace para salvar a las focas; atravesaron el país en tren hasta Nueva Escocia, cruzaron a Terranova en un transbordador y viajaron por carretera hasta el puerto de St. Anthony, en el extremo de la isla. Allí les esperaban dos helicópteros que habían alquilado para trasladarse a las masas de hielo.
El invierno estaba avanzado y barrían la zona furiosas tempestades de nieve. En varias ocasiones, la furgoneta en que viajaban se salió de la estrecha y resbaladiza carretera de St. Anthony, donde la temperatura había descendido hasta – 20°C. Como si el pésimo tiempo no fuese suficiente, los expedicionarios de Greenpeace se encontraron con una banda de furiosos habitantes de Terranova bloqueando la carretera de acceso a la población. La furgoneta de
Greenpeace se detuvo lentamente, y la multitud empezó a empujar. tratando de volcarla. Pero la violencia se extinguió pronto, y se organizó una reunión para la noche siguiente en la que cada Insignia de protesta La campaña de Greenpeace llamó la atención sobre la inhumana muerte de las focas de las partes podría exponer su caso.
Los habitantes de Terranova no fueron los únicos molestos por la interferencia de Greenpeace. El gobierno canadiense había promulgado apresuradamente un decreto en virtud del cual era ilegal rociar a las focas, y prohibió desplazar a los cachorros e interponerse entre ellos y los cazadores. Los activistas se enfrentan ahora a la perspectiva de acabar en la cárcel. «Parecía aconsejable», recuerda Hunter, «cambiar de táctica, y deprisa».
En una agria reunión a la que acudieron 400 personas, Hunter anunció que, como gesto de deferencia hacia los residentes de St. Anthony, Greenpeace había decidido abandonar la idea de rociar a las focas y entregaría el tinte al día siguiente. La decisión fue controvertida, y causó protestas entre los partidarios de Greenpeace, que la veían como una rendición. La oficina de Greenpeace en Vancouver quedó bloqueada por las llamadas de donantes que reclamaban la devolución de su dinero. Pero Greenpeace no tenía intención de rendirse. Su nueva táctica consistía en centrar la atención sobre las flotas de cazadores profesionales noruegos.
Para entonces, St. Anthony ya estaba lleno de periodistas y fotógrafos procedentes de Alemania, Canadá y EE.UU. Cuando David McTaggart llegó desde Francia, llevaba consigo un equipo de televisión y un fotógrafo de una agencia de prensa internacional.
El 15 de marzo, los helicópteros de Greenpeace despegaron de la base de Belle Isle, a unos 50 km al norte de St. Anthony, rumbo a la zona de operaciones de los noruegos. Como estaba prohibido aterrizar a menos de 800 metros de las focas, tuvieron que avanzar a pie, a través de hielos movedizos, hasta los terrenos de caza.


