Escudo humano

Escudo humano

Conforme se acercaban, el aire iba llenándose de balidos y gritos desesperados, y las focas madres contemplaban inermes cómo su prole era brutalmente apaleada y despellejada (habían visto la sangre desde el helicóptero, a una altura de más de 600 m sobre el hielo). Al «Jet» Johnson, uno de los miembros de Greenpeace, se abrazó a uno de los cachorros y lo protegió con su cuerpo del cazador, que ya había alzado el palo. Repitieron la misma acción una y otra vez a lo largo de esa jornada y de la siguiente. De nuevo, Greenpeace había logrado colocarse entre el cazador y la pieza. Al caer la noche, los helicópteros devolvieron a los expedicionarios a Belle Isle. Allí, la tempestad había arreciado y el viento, con rachas de hasta 160 km por hora, obligó a Greenpeace a evacuar el campamento base y dirigirse de nuevo a St. Anthony.

La mañana del viernes 19 de marzo se levantó con vientos ligeros y buena visibilidad, pero cuando el equipo de Greenpeace volvió a Belle Isle comprobó que la tormenta había arrastrado y arrojado al mar las tiendas, los objetos de uso personal y el equipo. 

En los helicópteros volaron hacia un punto situado 130 km al sur de su último encuentro con los cazadores, y aterrizaron en el hielo. Los cazadores estaban trabajando, y había pieles por todas partes. La única opción para Greenpeace era impedir que el barco continuase avanzando a través de los hielos. Paul Watson nos cuenta lo que ocurrió:

«‘Bob Hunter y yo vimos una foca seis metros por delante del Arctic Endeavour, un monstruoso rompehielos rojo. Allí tomamos posiciones, dando la espalda al barco.

«En el costado de estribor, un marinero estaba ocupado sujetando con unos cabos tensados con chigres un lío de pieles ensangrentadas y gritó, dirigiéndose a nosotros en una rara mezcla de inglés y noruego: ‘¡Eh, vosotros, moveros, si no queréis que el viejo os haga correr por el hielo a empujones!’.A lo que Bob respondió: ‘Dile a ese viejo bastardo que haga lo que quiera, que nosotros no nos movemos.

«El barco retrocedió. Pensamos que habíamos ganado este asalto cuando, inesperadamente, el Arctic Endeavour arremetió hacia adelante tomando velocidad. Nosotros seguíamos mirando al frente. Lo notó vamos a acercarnos. Lo oímos. Las vibraciones de los poderosos motores diesel agitaban el aire helado y nos hacían cosquillas en los pies a través de las suelas de las botas. El hielo temblaba y crujía y saltaba en pedazos que el empuje de la proa lanzaba cerca de nuestros pies.

«Los marineros que estaban en el hielo gritaban hacia el puente. Escuchamos con toda claridad lo que decían. ‘¡Quieto, capitán, quieto. los muy asnos no se han movido!’. Las máquinas pararon y volvieron a girar al revés. El barco, crujiendo, acabó por detenerse a cinco metros de nuestras espaldas.

«Cogí a la cría para llevarla a un lugar seguro, pero me cortaba el camino un funcionario de pesca uniformado; me fotografió, sacó unos papeles del bolsillo y empezó a leerme las enmiendas a la Ley de protección de las focas. “En la sección 21 (B) se establece que constituye delito federal llevar una foca de un lugar a otro. Es delito levantar u n a foca viva del hielo. Usted está infringiendo este reglamento’. No me dejó otra opción; ignoré la ley y llevé la foca a un lugar seguro».

Los contratiempos con las autoridades canadienses iban a continuar. Al día siguiente, funcionarios del ministerio de pesca afirmaron que los pilotos de los helicópteros violaban otro de los reglamentos de la Ley de protección de las focas, porque habían sobrevolado el hielo a poca altura (600 m). El 21 de marzo, los helicópteros de Greenpeace tomaron tierra y quedaron bajo la custodia de la Real Policía Montada de Canadá. Greenpeace tuvo que depositar una fianza de 10.000 dólares por cada uno.

Este mezquino hostigamiento por parte de las autoridades iba a caracterizar la campaña en años venideros, pero Greenpeace no se desanimaba. Aunque las acciones del grupo sólo salvaron la vida a un puñado de focas en este primer año, lograron, una vez más, llamar la atención hacia su causa.