Según el Sun de Vancouver, la organización contaba ahora con 8.000 «miembros activos». 13 ramas «muy activas» distribuidas por todo el mundo y 28 «de las que se oía hablar de vez en cuando». Casi todas estas ramas no eran sino avanzadillas temporales que pronto se desvanecen, pero la semilla de Greenpeace se propagaba con rapidez.
Al año siguiente, 1977, la campaña a favor de las focas se internacionalizó, y participaron
en ella gentes de Noruega, Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá. Para los medios, el punto álgido era la aparición en el hielo de la actriz francesa Brigitte Bardot, a la que acompañaban desde Europa no menos de 45 periodistas de Dinamarca, Noruega, el Reino Unido, Alemania y Suiza.
Mientras la Bardot concentraba la atención de los medios, los activistas de Greenpeace se esforzaban una vez más por detener a los cazadores noruegos. Paul Watson cruzó a la carrera la inestable superficie de hielo que se movía bajo sus pies y se desposó a un cable utilizado para subir una bala de pieles a bordo del barco. Lo arrastraron por el hielo y lo sumergieron varias veces seguidas en el agua hasta casi ahogarlo.
«Era como estar en el circo romano», dijo Watson. «No paraban de gritar ‘¡ahoga a ese bastardo!’, y por fin me subieron a bordo y me dejaron boca abajo sobre el bulto de pieles, de modo que me empapé por completo de sangre».
Mientras Watson iba camino del hospital, ya que se le había dislocado un hombro de resultas del enfrentamiento, los otros activistas de Greenpeace continuaron su protesta, salvando a algunos cachorros y obligando al barco a retirarse tras abandonar cien pieles en el hielo. Ese año disminuyó por vez primera de forma importante el número de focas sacrificadas. Rivalizando con la campaña ballenera en cuanto a publicidad, la protesta por las focas había de convertirse en acontecimiento anual.
Pero había otro asunto de muy distinta índole que también se había convertido en cotidiano: la organización seguía desgarrada por disputas internas que reducían su eficacia. Hunter dimitió como presidente, y el 20 de abril de 1977 lo sustituyó Patrick Moore. Watson, acusado de crear disensiones en cuanto a la táctica de las campañas balleneras, fue apartado de la junta directiva tras una prolongada y amarga discusión. (Más tarde formaría su propio grupo conservacionista, la Sea Shepherd Foundation.) El capitán Cormack, también miembro de la junta, estaba fuertemente endeudado y en peligro de perder el barco. También la oficina de Vancouver tenía deudas de consideración. Diversos grupos disidentes estaban formando aparatos burocráticos y jerárquicos por su cuenta. La autoproclamada Greenpeace Foundation of America, Inc. eligió presidente a un tal Gary Zimmerman.
Pero en el centro de todo este torbellino se estaba tejiendo un fuerte hilo de continuidad. En 1976 y 1977, David McTaggart, todavía pleiteando contra el gobierno francés, al que acusaba de piratería y daños al Vega, reunió a varios activistas que pronto formarían el núcleo de Greenpeace Europa.
Desde su base de París, McTaggart empezó también a utilizar las oficinas londinenses de Amigos de la Tierra como dirección para los envíos por correo, y enseguida inició conversaciones con dos miem- bros de dicha organización Susi Newborn y Denis Bell para abrir en Londres una oficina de Greenpeace.
Como más tarde relató Peter Wilkinson, otro miembro de Amigos de la Tierra que se había unido a Greenpeace, «en 1977. cuatro personas creamos Greenpeace en el Reino Unido, con una oficina alquilada en la zona de Whitehall, en Londres, 800 libras y muchísima determinación».
Entre tanto, en París, en una manifestación organizada por los sindicatos de las centrales nucleares francesas, McTaggart conoció a un joven activista llamado Remi Parmentier, también miembro de Amigos de la Tierra. Entre los dos hicieron planes para abrir una oficina de Greenpeace en París, que empezó a operar en 1977.
Los voluntarios europeos empezaron también a ver la forma de incorporarse a las campañas de protección de las ballenas. Greenpeace sabía que en el mes de mayo del año siguiente una flota islandesa saldría a cazar al Atlántico Norte, y decidió hacer todo lo posible por detenerla. Denise Bel sólo concebía una forma de lograrlo: conseguir un barco protesta.


