Aproximadamente al mismo tiempo el debate sobre las ballenas empezaba a aclararse. Greenpeace envió a todas las naciones participantes en la IWC telegramas en los que defendía la causa de las indefensas ballenas. La victoria empezaba a vislumbrarse. Como dijo McTaggart, «En la IWC, el poder está desplazándose claramente a favor de las ballenas. Pero, una vez más, la organización no decretó la moratoria, aunque sí prohibió la captura de cachalotes y se comprometió a prohibir por completo el uso de arpones sin explosivos para la siguiente temporada. Al final del año, la comisión de pesquerías de España pidió la interrupción de las capturas de cetáceos en el país.
Además del Rainbow Warrior y el Sirius, la flota de Greenpeace contaba ahora con el viejo queche de McTaggart, el Vega, que la organización había comprado de nuevo. El 30 de octubre de 1981 se hizo una vez más a la vela rumbo a Mururoa, en esta ocasión partiendo de Manzanillo, México, a 4.000 millas (6.400 km) de distancia. A bordo iban McTaggart, Chris Robinson, Tony Marriner, Lloyd Anderson y Brice Lalonde.
Este viaje, que marcaba el nuevo compromiso de Greenpeace con la cuestión de las pruebas nucleares, coincidió con la publicación de un informe elaborado por los trabajadores del lugar de las pruebas y filtrado a la prensa en el que se hablaba de seguridad insuficiente y de varios accidentes ocurridos en los últimos años. Se estimaba que, como consecuencia de las pruebas, el atolón se había sumergido alrededor de 1,5 metros, a razón de 2 centímetros por explosión; además se había abierto una grieta submarina de unos 5 metros de anchura y 8 de longitud a través de la cual podrían filtrarse al océano niveles de radiación peligrosos.
Propuesta de paz
En las proximidades de Mururoa, el Vega avistó a su viejo enemigo, el Hippopotame. Los tripulantes del velero recibieron una advertencia firme: si se adentraron en las 12 millas (19 km) de las aguas territoriales de Mururoa, serían arrestados inmediatamente. Sin amedrentar y decididos a perseverar en su misión, Brice Lalonde envió una carta al presidente Mitterand por medio del comandante de Mururoa y el alto comisionado francés de Papeete en la que se pedía a Francia la suspensión de su programa de pruebas nucleares y se sugería la posibilidad de que tomase la iniciativa proponiendo un Tratado amplio de suspensión de pruebas nucleares en la próxima sesión de desarme de las Naciones Unidas, que había de celebrarse en junio de 1982.
Habían transcurrido cuarenta días de viaje sin respuesta de ninguna clase, y a bordo del Vega empezaban a escasear la comida y el agua. En el último momento, los tripulantes oyeron la respuesta de Francia por radio a través de la oficina de Greenpeace de París. El gobierno no interrumpiría el programa de pruebas nucleares, pero admitiría el estudio científico independiente de la flora y la fauna de Mururoa. Convencidos de que la investigación revelaría niveles de radiación inaceptables, los expedicionarios consideraron que habían logrado su propósito y se dirigieron a Tahití.
Sin embargo, no se admitió tal investigación independiente. En lugar de ello, en junio de 1982, el gobierno francés envió a Mururoa su propio equipo de ocho hombres, encabezado por el vulcanólogo Haroun Taziell; allí tomaron muestras de aire y de agua durante una prueba para verificar las medidas de seguridad. El informe, publicado un año después, quitó importancia a los riesgos, describió la radiación como «débil e inocua» y concluyó que había poco peligro de contaminación.
En consecuencia, Greenpeace rompió la comunicación directa con el gobierno francés. «Consideramos», dijo Remi Parmentier,»que Francia sólo pretendía hacer creer que cooperaba con el estudio.
Los soviéticos fueron responsables de 467 de las 1.300 pruebas nucleares realizadas en todo el mundo. Como Estados Unidos y Francia, detonaron las bombas bajo tierra, pero no proporcionaron información sobre la liberación de radiación durante las pruebas. Greenpeace había solicitado a la USSR que permitiese a un equipo independiente de científicos investigar las consecuencias de las explosiones en la isla ártica de Novaya Zemlya, pero la petición les fue denegada. Había llegado la hora de entrar en acción.
En su ruta hacia la URSS. El Sirius, capitaneado por Willem Beckman, hizo varias paradas en los países escandinavos para promover la causa antinuclear. En Helsinki los tripulantes organizaron una manifestación ante un hotel donde se celebraba una reunión de la Internacional Socialista, y anunciaron que partirían hacia Leningrado el 31 de mayo, a pesar de que no tenían visados. Tras un debate con un miembro del Comité de Paz Soviético, se les concedieron rápidamente los visados, pero dejaron al Greenpeace sólo tres días para realizar la visita.


