EL BARCO DE GREENPEACE Sirius fue el elegido para llevar al puerto de Leningrado una tripulación de 19 personas, en representación de seis países, más ocho periodistas. La expedición partió de Amsterdam el 12 de mayo de 1982 para realizar una acción decidida por Greenpeace con el fin de extender sus actividades antinucleares por todo el mundo, sin olvidar la URSS.
Los soviéticos fueron responsables de 467 de las 1.300 pruebas nucleares realizadas en todo el mundo. Como Estados Unidos y Francia, detonaron las bombas bajo tierra, pero no proporcionaron información sobre la liberación de radiación durante las pruebas. Greenpeace había solicitado a la USSR que permitiese a un equipo independiente de científicos investigar las consecuencias de las explosiones en la isla ártica de Novaya Zemlya, pero la petición les fue denegada. Había llegado la hora de entrar en acción.
En su ruta hacia la URSS. El Sirius, capitaneado por Willem Beekman, hizo varias paradas en los países escandinavos para promover la causa antinuclear. En Helsinki los tripulantes organizaron una manifestación ante un hotel donde se celebraba una reunión de la Internacional Socialista, y anunciaron que partirían hacia Leningrado el 31 de mayo, a pesar de que no tenían visados.
Tras un debate con un miembro del Comité de Paz Soviético, se les concedieron rápidamente los visados, pero dejaron al Greenpeace sólo tres días para realizar la visita.
Invitados Molestos
El 2 de junio se cumplieron 48 horas sin recibir ni una sola palabra desde el barco, pero a continuación se supo que el Sirius había fondeado sin novedad el día anterior en Kronstadt, a unas 20 millas (32 km) de Leningrado. Las autoridades soviéticas subieron a bordo para ofrecer a la tripulación una visita turística por la ciudad y una reunión con funcionarios y periodistas de Moscú al día siguiente. Sin embargo, Greenpeace quería celebrar una conferencia de prensa en el Sirius inmediatamente, y los soviéticos acabaron por ceder.
Después de la conferencia, las autoridades propusieron una visita a un cementerio de la segunda guerra mundial; como los miembros de Greenpeace rechazaron la invitación, se les prohibió abandonar el barco hasta el día siguiente.
En la reunión con los funcionarios soviéticos en la Casa de la Amistad, Greenpeace presentó una declaración de inquietud por las pruebas nucleares firmada por científicos y políticos, y entregó un telegrama dirigido al presidente Leónidas Brezhnev en el que se pedía a la Unión Soviética la declaración unilateral de la congelación de pruebas nucleares. Pero los miembros del movimiento de paz, reconocido oficialmente, se negaron a entregar el telegrama; todo lo que Greenpeace podía hacer era repartir panfletos.
Los soviéticos ya habían aguantado demasiado. El miércoles por la noche pidieron al Sirius que se marchase. Los tripulantes anunciaron que no se irían sin haber recibido respuesta de Brezhnev, y poco después se encontraron arrastrados fuera del puerto por dos remolcadores, aunque no sin que antes hubiesen tenido tiempo de soltar 2.000 globos con el siguiente mensaje en ruso: «Unión Soviética: no más pruebas nucleares».
Justo dos semanas después de la acción de Leningrado, Greenpeace preparó una gran manifestación en la zona de pruebas de Nevada, EE.UU., en coincidencia con las manifestaciones que otros grupos pacifistas realizaban en los laboratorios Lawrence Livermore, cerca de Oakland, California, uno de los dos centros de desarrollo de armas nucleares de Estados Unidos.
Greenpeace lanzó un globo de aire caliente, el Trinity, junto a la autopista 95, cerca de la entrada al lugar de las pruebas. El globo amarrado se elevó a 46 metros de altura portando una pancarta de 6 metros con el mensaje «No más pruebas nucleares».
Greenpeace también continuaba tenazmente su campaña para evitar tanto el transporte internacional de combustible nuclear agotado como el vertido de residuos nucleares en el mar.
En un período de cinco semanas comprendido entre agosto y septiembre de 1982, en la más amplia operación de este tipo, cuatro cargueros debían verter alrededor de 15.000 toneladas de residuos radiactivos del Reino Unido, Bélgica, Países Bajos y Suiza en el Atlántico Norte, al noroeste de la costa española. Greenpeace estaba decidida a hacer todo lo posible por dificultar la operación. El primer encuentro se produjo entre el Sirius y el barco británico Gem. En éste se habían colocado unas jaulas de acero alrededor de las cuatro plataformas de lanzamiento para que Greenpeace no pudiese maniobrar con sus botes neumáticos. Por tanto, el 10 de agosto cambiaron de táctica y seis miembros de la organización se encadenaron a las plataformas de vertido y las ocuparon durante 77 horas.
A la vista de la situación, los organismos nucleares holandeses y la UKAEA recurrieron a los tribunales. Los británicos emitieron un dictamen por el que se prohibía a Greenpeace Países Bajos interferir con las operaciones de vertido, aunque reconociendo la dificultad de obligar a cumplir tal decisión. Por tanto, en septiembre, la UKAEA acudió a los Países Bajos y obtuvo una victoria parcial en sus tribunales. Estos reconocieron el derecho de Greenpeace a protestar en el lugar de vertido, pero no el de imposibilitar el vertido ni el de subir a bordo del barco encargado de hacerlo; además, por cada día que la organización dejase de cumplir esta disposición, se le impondría una multa de 2.000 libras.
Los organismos nucleares holandeses pidieron a los tribunales que impidiesen a los barcos de Greenpeace acercarse a menos de 1 km de los barcos encargados del vertido; que impidiesen a los «partidarios y agentes de Greenpeace llevar a cabo acciones de protesta; que declararon ilegales las acciones de protesta directa; y que decretaron que la interrupción de los vertidos costaría a Greenpeace 60.000 florines holandeses al día. El juez desestimó todas estas demandas salvo la última, reconociendo así el derecho de Greenpeace a protestar, y protegiendo a la vez el «derecho» de los organismos nucleares a contaminar las aguas internacionales.


