Tras una búsqueda infructuosa por las costas de Corcubión, donde se encontraba una de las estaciones balleneras. El Warrior volvió de nuevo hacia Vigo, donde la tripulación avistó un ballenero, el Ibsa III. En un instante, las Zodiacs neumáticas estaban en el agua y maniobrando en torno al barco.
Greenpeace logró impedir las capturas tan eficazmente, que apareció para interrumpir la protesta la corbeta Cadarso, a la que pronto se unió la Pinzón, con órdenes de detener al Warrior. Una vez precintado el cuarto de radio, el Warrior fue conducido a la base naval de El Ferrol bajo escolta armada. Decididas a no dejarlo escapar, las autoridades españolas organizaron un servicio de guardia de 24 horas y desmontaron un componente esencial del sistema de propulsión: la mitad superior de la chumacera que sujeta el árbol de la hélice. También sometieron a custodia al patrón Jon Castle, al que más tarde acusan de interferir con la labor de las empresas pesqueras españolas.
Durante cinco meses, el Warrior permaneció bajo custodia. Los tripulantes podían bajar a tierra siempre que permanecieran dentro de los límites de la ciudad, oportunidad que solían aprovechar para granjearse el apoyo de la opinión pública mediante mítines y proyecciones de diapositivas. Se ataron al barco arrestado pancartas en las que se leía: «Libertad para el Rainbow Warrior. Los visitantes se agolpaban en la sala de exposiciones del barco.
Por fin llegaron las piezas para reparar la lancha rápida RI-28. Una vez reparada, Bruce Crammond, Chris Robinson y Athel von Koettlitz partieron en ella hacia el golfo de Vizcaya; tras una carrera de 500 millas (800 km), alcanzaron las islas del Canal, pero avería en el motor les impidió llegar a la reunión de 1980 de la IWC. que se celebraba en Brighton, en la costa sur de Inglaterra. donde esperaban comunicar al mundo las actividades ilícitas de captura de ballenas que se realizaban en España.
A lo largo de los años, los grupos de presión política de Greenpeace habían logrado abrirse camino en la IWC, que ya no era un simple frente unido de balleneros. En esta reunión, la comisión redujo las cuotas de captura en un 13 por ciento y por primera vez. sometió a las orcas al sistema de cuotas. Se dieron los primeros pasos para prohibir el llamado arpón frío (que no lleva explosivo, y con frecuencia mutila en lugar de matar) para todas las ballenas salvo el rorcual aliblanco, ya que, según los balleneros, destruía una proporción excesiva de la carne. La votación a favor de una moratoria de 10 años en la captura comercial de ballenas se perdió por un margen muy reducido.
Para Greenpeace las noticias eran excelentes, pero para mantener vivo el espíritu de la campaña contra los balleneros era preciso rescatar sin demora al Rainbow Warrior. Casi todos los tripulantes habían salido de España, aunque John Castle se vio obligado a permanecer allí. Para liberar el buque, las autoridades españolas exigían a Greenpeace el pago de 10 millones de pesetas para compensar a la empresa ballenera por las pérdidas que había sufrido; Greenpeace tenía abogados que llevaban el caso ante los tribunales españoles, pero la lentitud del procedimiento era exasperante. Como no había forma de encontrar una chumacera de segunda mano para el Warrior, Greenpeace obtuvo los planos originales del barco, y una pequeña empresa mecánica de Inglaterra fabricó la pieza que faltaba. Tony Marriner y el jefe de máquinas del Warrior. Tim Mark, condujeron hasta El Ferrol con la pieza de 68 kg. y una noche oscura lograron introducirla a bordo burlando la vigilancia de la policía mientras los tripulantes distraen su atención.
La pieza vital se montó con muy ligeros ajustes, pero lo principal era saber si funciona. En el curso de una prueba subrepticia del motor principal funcionó con suavidad, pero la verdadera prueba tendría que superarla navegando. Aún quedaba por solucionar otra dificultad; tras cinco meses de amarre, el casco del Warrior estaba calurosa bienvenida en Jersey. En España, el suceso costó el puesto a un almirante y valió a Greenpeace una mayor popularidad, que terminó en la apertura de una oficina en el país. El Warrior era ahora una celebridad. Pronto se prepara para su primera travesía del Atlántico, con el fin de unirse a la protesta contra la caza de focas planeada para la primavera de 1981.
Ocupó su puesto en Europa el Sirius, vendido a Greenpeace Países Bajos por el gobierno holandés, simpatizante de la organización, a cambio de tan solo 20.000 florines, de los que aportó una parte considerable la rama holandesa de la World Wildlife Fund.
Construido en los Países Bajos en 1950 como parte de un grupo de siete buques piloto para la Real Marina Holandesa, el Sirius tiene 46 metros, desplaza 440 toneladas y alcanza una velocidad máxima de 13 nudos: dispone de autonomía para 30 días de navegación con una tripulación de 32 personas. Después de la compra, la organización disponía de sólo 10 semanas para dejarlo listo para su primera campaña.
Greenpeace estaba ya firmemente asentada, no sólo en los Países Bajos, sino también en Dinamarca, donde empezó a operar en Copenhague con ayuda de una donación de 5.000 dólares de Greenpeace International.
Ese año, ocho activistas daneses y holandeses entraron en acción contra la participación noruega en la caza de focas. Noruega era el principal cazador de focas de casco en el Atlántico Norte, ya que desde 1945 había acabado con el 85 por ciento de una población de 1.5 millones de individuos.
Los activistas abordaron al barco cazador Kvitungen en Alesund, se encadenaron a él y enarbolaron sus pancartas. Las fotografías de la protesta se difundieron ampliamente y generaron abundante apoyo al grupo danés.
También en la República Federal de Alemania estaba creciendo el apoyo a Greenpeace, que abrió allí su primera oficina en febrero de 1981. Uno de los primeros miembros fue Gerd Leipold, oceanógrafo y físico del instituto Max Planck. «Estaba convencido de que ser científico no bastaba para cambiar las cosas» , comenta.
También hay que destacar a Monika Griefahn, que seguía las campañas balleneras de Greenpeace desde 1978. En 1980 conoció en Francia a Remi Parmentier y David MeTaggart y. con su ayuda, se estableció Greenpeace Alemania.
En unos meses se les unieron más de 3.000 miembros, atraídos por acciones tan espectaculares como la escalada de Greenpeace del 24 de junio de 1981. Participaron dos escaladores, que treparon por la contaminante chimenea de una fábrica de plaguicidas de Hamburgo y colgaron una pancarta que decía: «Cuando se corte el último árbol, se mate al último pez y se envenene el último río, os encontraréis con que no podéis comeros el dinero.
Fue una buena ración para los alemanes, habitantes de un país fuertemente industrializado cuyos bosques enferman ante los ataques de la lluvia ácida. La opinión pública estaba particularmente preocupada por informes según los cuales había compuestos tóxicos en las reservas de agua y en la leche materna de las mujeres.
El diseñador y coordinador de las acciones en Alemania era Harald Zindler, amigo de Griefahn y participante activo en las protestas antinucleares de los años setenta. También había trabajado con pescadores, preocupados por la calidad de las aguas del Elba. en el que los peces empezaban a desarrollar feos tumores a consecuencia de la contaminación. En una de las primeras acciones. Se arrojaron peces deformes a la puerta del Instituto Hidrográfico Alemán, organismo público teóricamente encargado de controlar la contaminación del agua.


