Un momento crucial

Un momento crucial

Tras muchas discusiones sobre lo que convendría hacer a continuación, decidieron abandonar Akutan y partir en misión de exploración hacia Amchitka. Pero, el 30 de septiembre, el cúter Confidence del servicio de guardacostas de EE.UU. se acercó al Cormack: su comandante subió a bordo para anunciar que el Cormack estaba detenido, porque la tripulación no había notificado su llegada a Akutan a los funcionarios de aduanas; en consecuencia, se les obligaba a dirigirse a las islas Shumagin, muy lejos de Amchitka, para poner en orden la documentación aduanera.

A Espaldas del comandante, la tripulación del Confidence envió a la del Cormack el siguiente cable, firmado por 17 marineros:

DEBIDO A LA SITUACIÓN EN QUE NOS ENCONTRAMOS. LOS TRIPULANTES DEL CONFIDENCE CONSIDERAMOS QUE LO QUE USTEDES ESTÁN HACIENDO ES POR EL BIEN DE TODA LA HUMANIDAD. SI NO TUVIÉRAMOS LAS MANOS ATADAS POR LA DISCIPLINA MILITAR. ADOPTARIAMOS SU POSTURA EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE. BUENA SUERTE. ESTAMOS CON USTEDES SIN RESERVAS.

Fue un gesto de apoyo memorable, puesto que la acción constituía casi un motín. Cuando los marineros se marcharon, tenían los bolsillos abultados por los carteles, libros y banderas de paz que les habían entregado los miembros de Greenpeace.

La detención fue un punto de inflexión. Además de apartar al Cormack de su rumbo, llegó en un momento crucial para la moral de los expedicionarios. No había forma de saber cuándo iba a estallar la Cannikin, y la tensión de la espera se estaba haciendo insoportable. Las peleas eran continuas. Todos los tripulantes estaban cansados. y quienes habían solicitado permiso en sus empleos en Vancouver empezaban a preguntarse cuándo se reincorporaron.

El tiempo era cada vez peor. Si la prueba se retrasaba mucho, caería noviembre antes de llegar a Vancouver y eso, según Cormack, sería una locura peligrosa.

El 12 de octubre, después de una discusión que se suscitó avanzada la noche, la tripulación, con cuatro votos en contra, decidió retirarse.

En el viaje de vuelta, se les invitó a atracar en la isla de Kodiak, donde el municipio les ofreció un banquete para celebrar su arrojo. A mitad de camino entre la isla de luneau y Ketchikan, en Alaska, se acercó una ballena a 60 metros del barco, como si estuviera deseosa de levantarles la moral. Y en Alert Bay fueron aclamados por cuarenta indios Kwakiutl, que les ungieron y les hicieron hermanos de su pueblo.

Pese al desánimo, los expedicionarios de Greenpeace tenían la turbadora sensación de que, en cierto modo, habían ganado la batalla. El viaje había sido noticia de primera página en Canadá, y los reportajes de Ben Metcalfe habían obtenido apoyo para Greenpeace en todo el país. También Robert Hunter demostró su pericia en el manejo de la artillería de la prensa, y los acontecimientos de la expedición -muy en particular la detención del Cormack y el «‘motín” de los marineros del guardacostas– lograron lo que no habían conseguido los bloqueos de la frontera: aparecer en los medios de comunicación de Estados Unidos.

Era tal el buen nombre de Greenpeace que, durante el viaje de regreso a la Columbia Británica, se encontraron con que Stowe había logrado reunir el dinero suficiente para fletar otro barco mayor y más rápido: el Edgewater Fortune, un dragaminas modificado de 47 metros que hacía 20 nudos. Partió rumbo a Amchitka en el momento en que el Cormack volvía a casa. Los dos barcos se cruzaron cerca de la isla de Vancouver, y cuatro de los tripulantes del Cormack se unieron al nuevo buque protesta para intentar de nuevo llegar a Amchitka y oponerse al plan Cannikin.

Se trataba desde el primer momento de una carrera contra reloj. Los 28 miembros de la tripulación, las provisiones y los aviones se reunieron en 24 horas de actividad frenética, después de que el presidente Nixon declarase que el 4 de noviembre sería la fecha definitiva para la prueba nuclear.

El Fortune —bautizado Greenpeace Too para el viaje—, se vio retrasado en su periplo de 2.000 millas (3.200 km) por una tormenta que le alcanzó durante el primer intento de cruzar el golfo de Alaska y por dos paradas para cargar combustible y hacer reparaciones.

Pese a su valeroso intento, el Fortune se encontraba a 700 millas (1.100 km) cuando, el 6 de noviembre de 1971, el secretario del ABC, James R. Schlesinger, dio la orden de detonar la bomba.

Tampoco en esta ocasión hubo terremoto, pero sí marea… política. Las protestas y manifestaciones en contra de las pruebas fueron tan numerosas y tanto menudearon las amenazas de huelgas y boicots, que Estados Unidos no pudo seguir haciendo pruebas en Amchitka. Tras cuatro meses de silencio, el AEC anunció el fin de las pruebas en las Aleutianas «por razones políticas y de otro tipo», La voz de Greenpeace se había escuchado, y la diminuta isla de Amchitka volvió a ser un santuario natural seguro.