En 1972, Gene, el padre de Ann-Marie, enseñó a McTaggart el anuncio del periódico que había de cambiar su vida.
«Mi padre reparó en este pequeño recuadro de un grupo llamado Greenpeace que buscaba a alguien capaz de llevar un barco a Mururoa para protestar contra las pruebas nucleares francesas». recuerda Ann-Marie. «Era un grupo de Vancouver que había puesto el anuncio por medio de la campaña a favor del desarme nuclear que se desarrollaba aquí, en Nueva Zelanda»
La misma idea de semejante viaje llamó la atención de McTaggart por su carácter extravagante y descabellado. McTaggart no era ningún activista y no había prestado demasiada atención a las pruebas nucleares. Pero habiendo renunciado al rigor de los negocios a cambio de la libertad del mar, le enfurece que Francia pretendiese acordonar miles de millas cuadradas de aguas internacionales en torno a Mururoa, desafiando al derecho marítimo, que otorga a las naciones la soberanía sobre una franja costera de sólo 12 millas (19 km).
McTaggart comprendió que la forma de impedir la prueba de la bomba -y de desafiar la arrogancia francesa– era navegar justo hasta el límite exterior de las aguas territoriales. El barco se mantendría en aguas internacionales, por lo que Francia no tendría derecho legal a ir contra ellos, y a la vez sería muy improbable que se atrevieran a detonar la bomba mientras un grupo de protesta se encontraba justo en la zona de devastación.
McTaggart calculó que el viaje de 7.000 millas (11.000 km) desde Nueva Zelanda hasta Mururoa y vuelta llevaría tres o cuatro meses. «Para complicar las cosas, me enteré de que la prueba estaba programada para el 1 de junio, fecha para la que faltaban poco más de seis semanas. Calculando al menos 30 días para llegar a Mururoa, cualquiera lo bastante loco para intentarlo tendría que reunir una tripulación, almacenar provisiones y resolver los millones de pequeños problemas propios de un viaje de este tipo en tan solo dos semanas».
La expedición parecía imposible, pero McTaggart ya estaba enganchado. Tenía el barco y disponía de tiempo para perder. Telefoneó a Mabel Hetherington, que a sus 70 años era secretaria honorífica de la CND (campaña a favor del desarme nuclear) de Nueva Zelanda, quien le explicó todo lo que sabía sobre las pruebas francesas. A continuación se puso en contacto con Ben Metcalfe, que estaba en Vancouver, para decirle que estaba pensando en hacer el viaje a Mururoa y preguntarle si Greenpeace podría costear una nueva balsa salvavidas hinchable y un radiorreceptor de largo alcance.


